IMITACIÓN Y VERDAD

IMITACIÓN Y VERDAD

Editorial:
CASIMIRO
Año de edición:
Materia
Teoría
ISBN:
978-84-15715-51-1
Páginas:
80
Encuadernación:
Rústica
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SOBRE LA IMITACIÓN EN EL ARTE

Qué requisito se precisa para el sentido de la imitación. […] Dos cosas son imprescindibles para una completa y más gozosa percepción de ello: primero, que el parecido sea tan perfecto que alcance a engañar; y segundo, que haya algunos medios para probar al mismo tiempo que es un engaño. Las ideas y placeres imitativos más perfectos se dan, por tanto, cuando un sentido contradice al otro, siendo ambos capaces de dar por separado una suerte de evidencia positiva de su versión sobre el tema tratado; como cuando el ojo nos dice que una cosa es redonda y el dedo, que es plana. En ningún ámbito se produce este hecho en tan alto grado como en la pintura, donde la apariencia del volumen, de la rugosidad, del cabello, del terciopelo, etc., se consigue mediante una superficie lisa, o en los muñecos de cera, en los cuales la primera impresión de los sentidos viene perpetuamente contradicha por la experiencia. Ahora bien, en el momento en que llegamos al mármol, nuestra definición nos pone a prueba, porque una figura de mármol no parece lo que no es: tiene la apariencia del mármol y tiene la forma de un hombre, pero es mármol, y es la figura de un hombre. No se parece a un hombre, lo cual no es, sino a la forma de un hombre, la cual es. La forma es la forma, bona fide y verdadera, sea en mármol o en carne —no una imitación o semejanza, sino forma real—. El boceto con tiza de la rama de un árbol sobre papel no es una imitación; tiene aspecto de tiza o papel, no de madera, y no podemos decir con propiedad que lo que sugiere a la mente sea como la forma de una rama, sino que es la forma de una rama.

Vemos, pues, así, los límites de la idea de imitación; comprende sólo la sensación de truco y engaño ocasionado por una cosa que intencionadamente parece distinta de lo que es; y el grado de placer depende del grado de diferencia y de percepción de la semejanza, no de la naturaleza de la cosa a que se parece. El simple placer de la imitación sería exactamente del mismo grado (siendo igual su precisión) si el objeto de ello fuera el héroe que si fuera su caballo. Existen otras fuentes incidentales de placer, pero esa parte del placer que depende de la imitación es la misma en ambos.