Existen dos criterios dominantes en la práctica y la enseñanza del diseño: el de la estética y el de la funcionalidad. Con el primero, alumnos, maestros y profesionales pretenden producir en los usuarios una experiencia que los acerque a lo bello y que los impacte de modo positivo para que se apropien de una imagen, una marca o una institución; con el segundo, buscan vender un bien o un servicio a través de la identificación de ese producto —ya sea material, conceptual o institucional— con las necesidades del público al que va dirigido. Esta postura deja de lado una de las características más significativas del diseño: su poder discursivo.